Los ensayos

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a | Me han dicho que incluso quienes no son de los nuestros prohíben entre ellos, sin embargo, el uso del nombre de Dios en las conversaciones comunes. No quieren que se utilice a modo de interjección o exclamación, ni como testimonio, ni como comparación: en esto me parece que tienen razón.[33] Y, sea cual fuere la manera en que invocamos a Dios para nuestro trato y compañía, es preciso que lo hagamos seria y religiosamente. Hay, me parece, en Jenofonte un discurso en el que muestra que debemos rezar a Dios más raramente porque no es fácil poder restablecer tan a menudo nuestra alma en esa situación ordenada, reformada y devota en la que debe hallarse para hacerlo;[34] de lo contrario, nuestras oraciones son no sólo vanas e inútiles sino viciosas. «Perdónanos», decimos, «como perdonamos a quienes nos han ofendido».[35] ¿Qué otra cosa decimos con ello sino que le ofrecemos nuestra alma libre de venganza y de rencor? Aun así, invocamos a Dios y su auxilio para conspirar a favor de nuestras faltas, c | y lo incitamos a la injusticia:

b | Quae, nisi seductis, nequeas committere diuis.[36]

[Lo que no serías capaz de confiar a los dioses sino haciendo un aparte].


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