Los ensayos
Los ensayos b | Tiene cierta verosimilitud juzgar a un hombre por los rasgos más comunes de su vida; pero, dada la natural inestabilidad de nuestros comportamientos y opiniones, me ha parecido a menudo que hasta los buenos autores yerran obstinándose en forjar una firme y sólida contextura sobre nosotros. Eligen un aire general y, en consonancia con esa imagen, se dedican a ordenar e interpretar todas las acciones del personaje, y, si no las pueden torcer bastante, las endosan al disimulo. Augusto se les ha escapado. Porque en este hombre hay una variedad de acciones tan evidente, súbita y continua, a lo largo de toda su vida, que logra que los jueces más audaces le dejen ir Ãntegro e indefinido. En nada creo con tanta dificultad como en la constancia de los hombres, y en nada creo más fácilmente que en su inconstancia. Quien los juzgara al detalle, c | y distintamente, pieza a pieza, b | se encontrarÃa[6] diciendo la verdad con mayor frecuencia. a | En toda la Antigüedad, apenas distinguimos a una docena de hombres que hayan conducido su vida por un camino cierto y seguro, en lo cual radica el objetivo principal de la sabidurÃa. En efecto, para encerrarla toda en una palabra, dice un antiguo, y para resumir en una todas las reglas de nuestra vida, consiste en querer y no querer siempre las mismas cosas. No me molestarÃa, dice, en añadir: con tal de que la voluntad sea justa, porque, si no es justa, es imposible que sea siempre la misma.[7] En verdad, he aprendido hace tiempo que el vicio no es otra cosa que desorden y falta de medida, y, por lo tanto, es imposible asociarle la constancia. Es sentencia de Demóstenes, según se dice, que el inicio de toda virtud es la reflexión y la deliberación, y que su fin y perfección es la constancia.[8] Si adoptásemos una vÃa cierta por razonamiento, tomarÃamos la más hermosa; pero nadie ha pensado en ello: