Los ensayos
Los ensayos a | En cuanto a las funciones del alma, surgían con el mismo progreso que las del cuerpo.[15] Me vi todo ensangrentado, pues mi jubón estaba manchado por todas partes de la sangre que había devuelto. El primer pensamiento que se me ocurrió fue que tenía un arcabuzazo en la cabeza. Lo cierto es que al mismo tiempo se dispararon muchos a nuestro alrededor. Me parecía tener la vida sujeta sólo por la punta de los labios; cerraba los ojos para ayudar, me parecía, a expulsarla, y me deleitaba languideciendo y dejándome ir.[16] Era una imagen que no hacía más que sobrenadar en mi alma, tan tierna y tan débil como todo el resto, pero en verdad no sólo exenta de desazón, sino mezclada con la dulzura que sienten quienes se dejan deslizar al sueño.
Creo que es el mismo estado en el que se encuentran aquéllos a los que vemos desmayarse a causa de la debilidad en la agonía de la muerte; y considero que los compadecemos sin motivo, pensando que les agitan graves dolores o que su alma se ve acosada por penosos pensamientos. Ha sido siempre mi parecer, en contra de la opinión de muchos, e incluso de Étienne de La Boétie, que aquéllos a los que vemos tan abatidos y adormecidos cuando se acercan a su fin, ya sea abrumados por la duración de su enfermedad o por el accidente de una apoplejía o una epilepsia,
b | ui morbi saepe coactus
ante oculos aliquis nostros, ut fulminis ictu,