Los ensayos

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Como me estaba acercando a mi casa, donde la alarma por mi caída había llegado ya, y mi gente me recibió con los gritos acostumbrados en tales casos, no sólo respondí alguna frase a lo que me preguntaban, sino que incluso, según dicen, se me ocurrió ordenar que le dieran un caballo a mi esposa, a la que veía tropezar y andar a trompicones por el camino, que es quebrado y difícil. Parece que esta consideración tuvo que partir de un alma despierta; sin embargo, no lo estaba en absoluto. Eran pensamientos vanos, en el aire, que producían los sentidos de la vista y el oído; no venían de mi interior. No sabía, por ello, ni de dónde venía ni adonde iba; ni era capaz de sopesar y considerar lo que me preguntaban. Se trata de pequeños efectos que los sentidos producían por sí mismos, como por hábito; lo que el alma ponía de su parte era en sueños, tocado muy ligeramente y como sólo lamido y rociado por la blanda impresión de los sentidos. Mientras tanto mi situación era en verdad muy suave y apacible; no estaba afligido ni por los otros ni por mí. Era una languidez y debilidad extrema, sin dolor alguno. Vi mi casa sin reconocerla. Cuando me acostaron, sentí una infinita dulzura con el descanso, pues la pobre gente que se tomó el trabajo de llevarme en brazos por un camino largo y pésimo, y que, haciéndolo, quedó dos o tres veces exhausta, unos tras otros, habían tirado vilmente de mí. Me ofrecieron numerosos remedios, de los que no acepté ninguno, dando por cierto que tenía una herida mortal en la cabeza. Habría sido, sin mentir, una muerte muy dichosa. En efecto, la debilidad de mi razón me impedía pensar en nada, y la del cuerpo, sentir nada. Me dejaba deslizar con tanta dulzura y de una manera tan suave y tan feliz que apenas siento otra acción menos penosa que ésta.[24] Cuando reviví y recobré las fuerzas,


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