Los ensayos

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Por eso, el ejemplo de Francisco, marqués de Saluzzo, me ha parecido digno de nota. Lugarteniente del rey Francisco en su ejército más allá de las montañas,[8] infinitamente favorecido por nuestra corte, le debía al rey aun su marquesado, que le había sido confiscado a su hermano. Sin que por lo demás se le presentara motivo alguno para hacerlo, y hasta con sus sentimientos en contra, tras lamentarse con frecuencia ante sus íntimos de los males que veía inevitablemente dispuestos para la corona de Francia y para los amigos que tenía en ella, dio un giro y cambió de partido. Se había dejado atemorizar sobremanera —así se ha comprobado— por los buenos pronósticos que se hacían en aquel entonces circular por todas partes favorables al emperador Carlos V y contrarios a nosotros —particularmente en Italia, donde tales insensatas profecías habían hallado tan buena acogida que en Roma, por la creencia en nuestra destrucción, se entregó una gran suma de dinero a cambio—. Fuere cual fuere la constelación, salió sin embargo muy perjudicado. Pero se comportó como un hombre combatido por pasiones opuestas. Porque al tener en sus manos ciudades y fuerzas, con el ejército enemigo mandado por Antonio de Leiva a tres pasos de él, y nosotros que no sospechábamos nada de su caso, podía hacer algo peor de lo que hizo. Por su traición, en efecto, no perdimos hombre alguno, ni otra ciudad que Fossano, y aun tras haberla disputado mucho tiempo.[9]


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