Los ensayos

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a | Es muy cierto que la recompensa de la orden no afectaba, en el pasado, solamente a la valentía; miraba más lejos. Jamás fue el pago de un soldado valeroso, sino de un brillante capitán. El arte de obedecer no merecía una paga tan honorable. Se exigía, antiguamente, una pericia bélica más general, y que comprendiera la mayor parte y las más grandes cualidades del militar —c | Neque enim eaedem militares et imperatoriae artes sunt[8] [Las habilidades del soldado y del general no son, en efecto, las mismas]—, a | que fuese también, además de esto, de condición apropiada para tal dignidad. Pero quiero decir que aun cuando la mereciera más gente que en otros tiempos, no era preciso, sin embargo, ser más generoso; y habría valido más dejar de concederla a todos los que se la merecían que echar a perder para siempre, como acabamos de hacer, el uso de una invención tan útil. Ningún hombre valeroso se digna a sacar partido de aquello que tiene en común con muchos. Y quienes hoy en día menos han merecido esta recompensa son quienes más fingen desdeñarla, para situarse de este modo en la posición de aquéllos a los cuales se perjudica al extender indignamente y envilecer un signo que se les debía exclusivamente.




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