Los ensayos

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a | Cuando el difunto mariscal de Monluc perdió a su hijo, que murió en la isla de Madera, en verdad un gentilhombre valeroso y muy prometedor,[35] me insistió mucho, entre sus demás penas, en el disgusto y el desconsuelo que sentía por no haberse comunicado nunca con él; y en que, por una disposición de gravedad y afectación paternales, se había perdido el placer de disfrutar y de conocer bien a su hijo, y también el de declararle el extremo amor que le profesaba y el digno juicio que tenía sobre su valor. «Y el pobre muchacho», contaba, «no vio de mí otra cosa que un gesto huraño y desdeñoso, y se fue convencido de que no supe ni amarlo ni apreciarlo según su mérito. ¿A quién aguardaba yo para descubrir el singular afecto que le profesaba en mi alma?, ¿no era él quien debía recibir todo mi placer y todo mi reconocimiento? Me forcé y atormenté para mantener esta vana máscara, y perdí el placer de su trato y, al mismo tiempo, su afecto, que no pudo profesarme sino con suma frialdad, pues jamás obtuvo de mí sino rudeza, ni percibió otra cosa que un porte tiránico». Me parece que el lamento era justo y razonable. En efecto, como sé por una experiencia demasiado cierta, al perder a nuestros amigos no hay otro consuelo tan dulce como el que nos brinda la certeza de no habernos olvidado de decirles nada, y de haber mantenido con ellos una perfecta y completa comunicación. c | ¡Oh, amigo mío! ¿Valgo más por tener este gusto, o valgo en cambio menos? Valgo sin duda mucho más. Su añoranza me consuela y me honra. ¿No es una obligación piadosa y grata de mi vida seguir haciendo siempre sus exequias? ¿Hay alguna posesión que valga lo que esta privación?[36] b | Me abro a los míos en la medida de mis fuerzas; y les manifiesto de muy buena gana el estado de mi afecto y de mi juicio hacia ellos, como hacia cualquiera. Me apresuro a mostrarme y a exponerme, pues no quiero que nadie se confunda sobre mí ni por un lado ni por el otro. a | Una de las costumbres particulares de los antiguos galos, por lo que cuenta César, era que los hijos no se presentaban a los padres, ni se atrevían a encontrarse públicamente en compañía suya hasta que empezaban a llevar armas, como si quisieran decir que entonces era también el momento de que los padres les admitieran en su trato e intimidad.[37]


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