Los ensayos
Los ensayos Por lo demás, no cuesta nada ver por experiencia que este afecto natural, al que atribuimos tanta autoridad, posee raÃces muy débiles. A cambio de un ligerÃsimo provecho, arrancamos todos los dÃas a sus propios hijos de los brazos de las madres, y les hacemos tomar a los nuestros a su cargo; les hacemos abandonar los suyos a alguna pobre ama de crÃa a la cual no queremos confiar los nuestros, o a alguna cabra. Les prohibimos no sólo darles de mamar, sea cual fuere el peligro en que puedan incurrir, sino incluso dedicarles cuidado alguno, para que se empleen por entero al servicio de los nuestros. Y vemos, en la mayorÃa de ellas, que se genera muy pronto por costumbre un afecto bastardo, más vehemente que el natural, y una mayor solicitud por la conservación de los hijos prestados que de los propios. Y lo que he dicho de las cabras, se debe a que es común, en torno a mi casa, ver a las mujeres de pueblo, cuando no pueden alimentar a los niños con sus pechos, llamar a las cabras en su auxilio. Y tengo en este momento dos lacayos que sólo mamaron ocho dÃas leche de mujer. Las cabras se acostumbran enseguida a dar de mamar a estos niños, reconocen su voz cuando lloran y acuden a ellos; si se les presenta otro que no sea su niño de pecho, lo rehúsan; y el niño hace lo mismo con otra cabra. Vi a uno, el otro dÃa, a quien arrebataron la suya porque a su padre sólo se la habÃa prestado un vecino. Jamás pudo habituarse a la otra que le ofrecieron, y murió sin duda alguna de hambre. Los animales alteran y bastardean tan fácilmente como nosotros el afecto natural. c | Creo que en aquello que cuenta Heródoto de cierta región de Libia se produce a menudo una confusión. Dice que se unen a las mujeres indistintamente, pero que el hijo, cuando es capaz de caminar, reconoce como padre a aquél, entre la multitud, hacia el que la inclinación natural dirige sus primeros pasos.[44]