Los ensayos
Los ensayos Entre los filósofos, no sólo estoicos sino también epicúreos —y esta puja la tomo prestada de la opinión común, que es falsa, c | (diga lo que diga la sutil ocurrencia de Arcesilao, ante uno que le reprochaba que muchos pasaban de su escuela a la epicúrea, pero jamás al contrario: «¡Ya lo creo! Bastantes gallos se convierten en capones, pero ningún capón se convierte nunca en gallo»),[3] a | pues, a decir verdad, en cuanto a firmeza y rigor de opiniones y preceptos la escuela epicúrea en nada cede a la estoica;[4] y un estoico que demuestra tener mejor fe que estos polemistas que, para enfrentarse a Epicuro y ponérselo fácil, le hacen decir lo que jamás pensó, deformando sus palabras torcidamente, concluyendo por la ley gramatical otro sentido de su manera de hablar, y otra creencia que la que saben que impregnaba su alma y su comportamiento, dice que dejó de ser epicúreo por la consideración, entre otras, de que su camino le parecía demasiado elevado e inaccesible; el et ii qui φιλήδονοι uocantur, sunt φιλόκαλοι et φιλοδίκαιοι, omnesque uirtutes et colunt et retinent[5] [y ésos a los que llaman amantes del placer, son amantes del honor y de la justicia, y veneran y cumplen todas las virtudes]—. Entre los filósofos estoicos y epicúreos, digo, muchos han pensado que no bastaba con poseer un alma bien asentada, bien ordenada y bien dispuesta a la virtud; no bastaba que nuestras resoluciones y razonamientos estuvieran por encima de los embates de la fortuna, sino que era necesario, además, buscar ocasiones para ponerse a prueba. Pretenden ir a la búsqueda del dolor, de la indigencia y del menosprecio, para enfrentarse a ellos y para mantener su alma en vilo. c | Multum sibi adiicit uirtus lacessita[6] [La virtud se hace mucho más fuerte cuando está herida].