Los ensayos

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a | Sin embargo, durante los cañoneos, cuando uno está situado en el punto de mira, tal y como las ocasiones de la guerra comportan a menudo, no es decoroso moverse por la amenaza del tiro. En efecto, dada su violencia y velocidad, lo consideramos inevitable. Y más de uno, por alzar la mano o bajar la cabeza, ha incitado por lo menos la risa de sus compañeros. Aun así, en la expedición que el emperador Carlos V realizó contra nosotros en Provenza, el marqués de Guast, que había ido a reconocer la ciudad de Arles y había abandonado la protección de un molino de viento, gracias al cual se había acercado, fue visto por los señores de Bonneval y el senescal del Agenés, que paseaban por la parte superior del anfiteatro. Éstos lo señalaron al señor de Villiers, el oficial de artillería, el cual apuntó con tanta precisión una culebrina que, de no ser porque el marqués, al ver que la encendían, se precipitó a un lado, le habría acertado de lleno.[3] Y, asimismo, unos años antes, a Lorenzo de Médicis, duque de Urbino, padre de la reina que es madre del rey,[4] cuando asediaba la plaza italiana de Mondolfo, en las tierras que llaman del Vicariato, al ver que encendían una pieza que le apuntaba, le fue muy útil lanzarse al suelo. Porque, de no haberlo hecho, el tiro, que sólo le rozó la parte superior de la cabeza, sin duda le habría dado en el pecho.[5] A decir verdad, no creo que tales movimientos fuesen deliberados, porque ¿cómo puedes juzgar si la mira está alta o baja en una cosa tan súbita? Y es mucho más fácil de creer que la fortuna favoreció su terror, y que en otra ocasión serviría para ponerse en medio de la trayectoria del tiro tanto como esta vez sirvió para evitarlo.


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