Los ensayos

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CAPÍTULO XII

APOLOGÍA DE RAMÓN SIBIUDA[1]

a | La ciencia es sin duda una cualidad muy útil e importante; quienes la desdeñan dan prueba suficiente de su estupidez. Pero yo no aprecio su valor, sin embargo, en la extrema medida que algunos le atribuyen, como el filósofo Erilo, que establecía en ella el bien supremo y que la consideraba capaz de hacernos sabios y felices.[2] No lo creo así, ni creo en aquello que han dicho otros: que la ciencia es la madre de toda virtud, y que todo vicio es producido por la ignorancia.[3] Si es cierto, está sujeto a una larga interpretación. Mi casa ha estado desde hace mucho abierta a la gente de saber, y es muy conocida por ellos. Mi padre, que la ha gobernado durante más de cincuenta años, inflamado por el nuevo ardor con que el rey Francisco abrazó las letras y les brindó aceptación,[4] buscó, en efecto, con gran solicitud y gasto, el trato de los doctos. Los recibía en su casa como a personas santas y que tuvieran alguna particular inspiración de sabiduría divina, recogía sus opiniones y sus razonamientos como oráculos, y con tanta más veneración y escrúpulo porque carecía de capacidad para juzgarlos, pues no tenía conocimiento alguno de las letras, como tampoco sus predecesores. Por mi parte, las estimo mucho, pero no las adoro.


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