Ana de las Tejas Verdes

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Repentinamente un recuerdo surgió en la mente de Marilla. Una vez, siendo muy pequeña, había oído a una tía decirle a otra: “Qué pena que sea una chiquilla tan morena y fea”. Pasó mucho tiempo antes de que ese estigma se borrara de su memoria.

- Yo no digo que la señora Lynde haya estado del todo bien al decirte lo que te dijo, Ana –

admitió con tono más suave –. Rachel habla demasiado. Pero ésa no es excusa para tal comportamiento de tu parte. Era una persona extraña, mayor, y estaba de visita, tres buenas razones para que hubieras sido respetuosa con ella. Te mostraste brusca e 34

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insolente y – Marilla tuvo una espléndida idea para castigarla – debes ir a verla y a decirle que sientes mucho tu mal carácter y a pedirle que te perdone.

- Nunca podré hacer eso – dijo Ana seca y determinadamente –. Puede castigarme de la manera que quiera, Marilla. Puede encerrarme en un oscuro y húmedo calabozo lleno de culebras y sapos y alimentarme sólo con pan y agua, y no me quejaré. Pero no puedo pedirle perdón a la señora Lynde.


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