Ana de las Tejas Verdes

Ana de las Tejas Verdes

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- Bueno, no, no exactamente – dijo Matthew incómodo –. Creo que debemos castigarla un poco. Pero no seas demasiado dura con ella, Marilla. Recuerda que nunca tuvo a nadie que la educara bien. ¿Vas... vas a darle algo para que coma?.

- ¿Cuándo has oído que yo mate de hambre a la gente para que se porte correctamente? –

preguntó Marilla, indignada –. Ella tendrá las comidas de costumbre y yo se las llevaré.

Pero se ha de quedar allí hasta que pida perdón a la señora Lynde; está decidido, Matthew.

El desayuno, el almuerzo y la cena pasaron en silencio, pues Ana permanecía obstinada.

Después de cada comida, Marilla iba a la buhardilla con una bandeja llena y la volvía a bajar sin disminución notable. Matthew contempló el último descenso con ojos azorados. ¿Había comido algo Ana?.

Cuando Marilla salió al anochecer a reunir a las vacas, Matthew, que había estado en el establo a la expectativa, se deslizó dentro de la casa con el aire de un ladrón, subiendo al piso superior. Generalmente, Matthew andaba entre la cocina y su pequeño dormitorio cerca del vestíbulo; alguna vez entraba en la sala o en el comedor, cuando el pastor venía a tomar el té.


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