Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes Pero desde la primavera en que ayudara a Marilla a empapelar el dormitorio de los huéspedes, y eso había ocurrido hacía cuatro años, no se había aventurado a subir.
Cruzó el pasillo de puntillas y se quedó durante varios minutos ante la puerta de la buhardilla, entes de reunir valor suficiente para llamar suavemente y entreabrir la puerta.
Ana estaba sentada en la silla amarilla, junto a la ventana, contemplando tristemente el jardín. Parecía muy pequeña e infeliz, y a Matthew se le encogió el corazón. Cerró suavemente la puerta y se acercó de puntillas.
- Ana – murmuró como si temiera que le oyeran –, ¿cómo lo estás pasando?.
Ana le dedicó una sonrisa inexpresiva.
- Bastante bien. Imagino muchas cosas y eso me ayuda a pasar el tiempo. Desde luego, es bastante solitario. Pero quizá me acostumbre también a ello.
Ana volvió a sonreír, afrontando con valentía los largos años de prisión que la esperaban.
Matthew recordó que debía decir sin pérdida de tiempo lo que había ido a decir, no fuera que Marilla volviera prematuramente.
- Bueno, Ana, ¿no te parece que será mejor que lo hagas y termines el asunto? – murmuró