Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes Ana no habló más hasta que llegaron al caminito. Allí las recibió una brisa juguetona, cargada de aromas. A lo lejos, entre las sombras, una alegre luz brillaba en la cocina de
“Tejas Verdes”. Ana se acercó de pronto a Marilla y deslizó su mano entre las endurecidas palmas de la mujer.
- Es hermoso volver al hogar, cuando se sabe que es un hogar – dijo –. Yo quiero a “Tejas Verdes”. Ningún lugar me pareció antes ser mi hogar. ¡Oh, Marilla, soy tan feliz!
Podría ponerme a rezar en este momento sin que me resultara difícil.
Al contacto con aquella manecita, algo cálido y placentero invadió el corazón de Marilla; quizá era un resabio de la maternidad que no gozara. Lo insólito y dulce de aquella sensación la turbó. Se apresuró a restaurar su estado de ánimo habitual inculcando moral.
- Mientras seas buena serás feliz, Ana. Y nunca debe costarte trabajo decir tus oraciones.