Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes - Entonces no intervengas.
- Bueno, no intervengo. No es intervenir el tener una opinión propia. Y mi opinión es que debes dejar ir a Ana.
- Si a ella se le ocurriera ir a la luna, opinarÃas que debÃa dejarla ir, no lo dudo – fue la afable respuesta de Marilla –. PodrÃa dejarla ir a pasar la noche con Diana si eso fuera todo. Pero no apruebo lo del festival. Irá allà y cogerá frÃo y se llenará la cabeza con tonterÃas. La alterarÃa para una semana. Comprendo el carácter de esta niña y lo que le conviene mejor que tú, Matthew.
- Creo que debÃas dejarla ir – repitió Matthew firmemente. La argumentación no era su punto fuerte, pero el aferrarse a una opinión, sÃ.
Marilla dio un bufido de impotencia y se refugió en el silencio. A la mañana siguiente, cuando Ana estaba lavando los platos del desayuno, Matthew hizo una pausa en el camino hacia el granero para repetirle a Marilla.
- Creo que debes dejar ir a Ana, Marilla.
Por un momento Marilla pensó en cosas que no se pueden repetir. Luego se rindió ante lo inevitable y dijo agriamente:
- Muy bien, puede ir, ya que nada más parece complacerte.
Ana salió corriendo con la bayeta chorreando en la mano.