Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes La pequeña habitación apenas había cambiado. Las paredes estaban tan blancas, el alfiletero tan duro y las sillas tan adornadas como siempre. Y sin embargo, el carácter de la habitación sí había cambiado. Estaba llena de una nueva personalidad, que parecía ocuparla independientemente de los libros, vestidos y lazos de colegiala y hasta del jarrón azul lleno de flores de manzano. Era como si todos los sueños de su ocupante hubieran tomado forma visible, aunque inmaterial, y hubieran tapizado la desnuda habitación con espléndidos y 83
transparentes tejidos de arco iris y luz de luna. De improviso, Marilla entró enérgicamente con algunos delantales escolares de Ana recién planchados. Los colocó en una silla y se sentó con un suspiro. Aquella tarde había padecido uno de sus dolores de cabeza, y aunque el dolor había desaparecido, se sentía débil y “aplastada”. Ana la miró con ojos compasivos.
- Le aseguro que desearía tener el dolor de cabeza por usted, Marilla. Lo hubiera llevado alegremente por su causa.
- Creo que hiciste tu parte al dedicarte a trabajar, dejándome en paz – dijo Marilla –.