Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes Parece que lo has hecho bastante bien y no cometiste errores como de costumbre. Claro que no era necesario almidonar los pañuelos de Matthew. Y la mayoría de la gente, cuando pone un pastel a calentar en el horno lo saca y se lo come, en lugar de dejarlo que se haga cenizas. Pero, evidentemente, ésa no parece ser tu manera de ser.
Los dolores de cabeza siempre ponían sarcástica a Marilla.
- Oh, lo siento mucho. No he vuelto a pensar en el pastel hasta este momento. Sin embargo, sentí instintivamente que en la mesa del almuerzo faltaba algo. Esta mañana, cuando se fue, estaba firmemente resuelta a no imaginar nada, sino a concentrar mi pensamiento en los hechos. Me conduje bastante bien hasta que metí el pastel, y entonces me acometió una terrible tentación de imaginar que era una princesa encantada encerrada en una torre, con un caballero que venía a rescatarme montado en un caballo negro. Por eso me olvidé del pastel. No sabía que hubiera almidonado los pañuelos.
Todo el tiempo mientras planchaba estuve imaginando un nombre para una isla que hemos descubierto en el arroyo Diana y yo. Es un lugar de lo más arrebatador, Marilla.