Ana de las Tejas Verdes

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Me callaré si me lo dice. Puedo callarme en cuanto me decido, aunque es bastante difícil.

Para su sorpresa, Matthew se divertía. Como a la mayoría de los seres callados, le gustaba la gente habladora que deseaba hacer toda la conversación por sí misma y no esperaba que él participara en ella. Pero nunca esperó gozar de la compañía de una chiquilla. Las mujeres eran cosa bastante mala, pero las chiquillas eran peor. Detestaba la forma que tenían de pasar tímidamente a su lado, con miradas de soslayo, como si temieran que se las engullera de un bocado si se aventuraban a decir una palabra. Ése era el tipo de chiquilla bien educada de Avonlea. Pero esta brujilla pecosa era muy distinta y, aunque encontraba algo difícil para su lenta inteligencia mantenerse al nivel de sus ágiles procesos mentales, le gustaba su charla.

De manera que dijo con la timidez de costumbre:

- Oh, puedes hablar cuanto quieras. No me molesta.

- Oh, me alegro tanto. Sé que usted y yo nos vamos a llevar bien. Es un alivio tan grande hablar cuando se quiere y que no le digan a una que a los niños debe vérseles y no oírseles. Me lo han dicho un millón de veces. Y la gente se ríe porque uso palabras largas. Pero si se tienen grandes ideas, deben usarse palabras largas para expresarlas,

¿no es así?.

- Bueno, parece razonable.


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