Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes Pretender que Ana tomara las cosas con calma hubiera sido querer cambiar su naturaleza.
Era “toda fuego y espíritu y rocío”, y los placeres y dolores de la vida le llegaban con triple intensidad. Marilla lo notaba y se sentía vagamente molesta, comprendiendo que los altibajos de la vida serían mal resistidos por esa alma impulsiva, sin comprender que una capacidad igualmente grande para el deleite podría compensarlo todo. Por lo tanto, Marilla concibió como un deber enseñar a la niña una tranquila uniformidad de espíritu, tan imposible y extraña para ella como para un danzarín rayo de sol en un remanso del arroyo. Pero no hacía muchos progresos, como admitía con tristeza. La destrucción de alguna esperanza o plan hundía a Ana en “abismos de desesperación”. Su cumplimiento la exaltaba al reino del deleite. Marilla casi empezaba a desesperar de llegar alguna vez a acomodar este duende a su propio modelo de niña de recatadas maneras y remilgado aspecto. Ni tampoco hubiera creído que en realidad le gustaba Ana mucho más tal como era.