Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes - Oh, Marilla, hay algo hoy en mà que me hace querer a todos los que veo – exclamó mientras lavaba la vajilla del desayuno –. ¡No sabe usted cuán buena me siento! ¿No serÃa hermoso que esto durara siempre? Creo que serÃa una niña modelo si me invitaran a tomar el té todos los dÃas. Pero, oh, Marilla, también es una ocasión solemne. ¡Estoy tan nerviosa! ¿Qué ocurrirá si no me porto como debo? Usted sabe que nunca he tomado el té en una rectorÃa y no estoy segura de saber todas las reglas de urbanidad, aunque he estado estudiando las que ha publicado la sección de urbanidad del Heraldo de las familias desde que llegué aquÃ. Tengo tanto miedo de hacer alguna tonterÃa, o de olvidar algo que deba hacer... ¿Será correcto volver a servirse algo que se desea mucho?.
- Lo difÃcil contigo, Ana, es que piensas demasiado en ti. Debes pensar en la señora Allan y en qué será lo más agradable para ella – dijo Marilla, acertando por una vez en su vida con un consejo sensato. Ana lo comprendió al instante.
- Tiene razón, Marilla. Trataré de no pensar en mÃ.