Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes Ana realizó su visita sin ninguna infracción a las reglas de urbanidad, pues volvió a casa al crepúsculo, bajo un hermoso cielo salpicado por nubes rosa y azafrán, en un beatífico estado de ánimo y le contó todo, feliz, a Marilla, sentada en la escalera de la cocina, mientras apoyaba su cansada cabecita en la falda de su protectora.
Un viento fresco llegaba de los campos cosechados desde las faldas de las colinas de los pinares y silbaba por entre los álamos. Sobre el manzanar brillaba una estrella y las luciérnagas danzaban sobre el Sendero de los Amantes, cruzando entre las ramas inquietas.
Ana las observaba mientras hablaba y tenía la sensación de que viento, luciérnagas y estrellas formaban un todo hermoso y dulce.
- Oh, Marilla, he pasado unos momentos fascinantes. Siento que no he vivido en vano, y lo seguiré sintiendo aunque jamás me vuelvan a invitar a tomar el té en una rectoría.