Ana de las Tejas Verdes

- No, pero tampoco era tan buena como ahora – respondió Ana seriamente –. Me lo dijo; es decir, dijo que era terriblemente traviesa cuando niña y que siempre se metía en camisa de once varas. ¡Me sentí tan alentada cuando la escuché! ¿Es muy malo que me sienta alentada cuando oigo que otros han sido tan malos y traviesos? La señora Lynde dice que sí. Dice que siempre le produce mal efecto escuchar que alguien ha sido malo, no importa cuán pequeño fuera. Contó que una vez supo que un ministro cuando niño robó una torta de frutas a su tía y ya no pudo sentir respeto por él otra vez. Yo no hubiera reaccionado así. He pensado que fue noble de su parte confesarlo y también pienso cuán alentador sería para los niños de hoy que hacen cosas malas y lo sienten, saber que cuando crezcan quizá lleguen a pastores a pesar de ello. Así lo siento, Marilla.

- Lo que yo siento en este instante, Ana, es que es hora de que los platos estén lavados.

Has tardado media hora más de lo necesario con tu charla. Aprende a trabajar primero y a charlar después.

CAPÍTULO VEINTISIETE

Vanidad y disgusto

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