Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes Ana, sentada a la turca frente a la chimenea, contemplaba el alegre resplandor de las astillas de arce de las que goteaba el sol de cien veranos. Había estado leyendo, pero su libro se encontraba ahora en el suelo, y soñaba, con una sonrisa en los labios entreabiertos. Rutilantes castillos en el aire tomaban forma entre la niebla de su fantasía; aventuras maravillosas ocurrían en su región de ensueño, aventuras que siempre acababan triunfalmente y que nunca la llevaban a situaciones tan embarazosas como las de la vida real.
Marilla la contemplaba con una ternura que sólo a la suave luz del hogar se atrevía a aflorar.
Expresar el amor abiertamente era una lección que Marilla jamás aprendería. Lo que sí había aprendido era a querer a esta delgada muchacha de ojos grises con un afecto tan profundo como no demostrado. Su amor la hacía temer ser excesivamente blanda. Tenía la incómoda sensación de que era algo pecaminoso dar el corazón con tanta intensidad a una criatura humana y quizá había una especie de penitencia inconsciente al ser más estricta con aquella niña que si la hubiera querido menos. Ni siquiera Ana tenía idea de cuánto la quería Marilla.
Algunas veces creía que era muy difícil de complacer y que carecía de simpatía y comprensión. Pero siempre desechaba el pensamiento recordando cuánto debía a Marilla.