Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes Diana aún no se ha decidido, porque piensa que quizá sería más noble casarse con algún joven osado, salvaje y perverso para reformarlo. ¿Sabe?, Diana y yo hablamos ahora de temas muy serios. Nos sentimos más viejas que antes y no es cosa de hablar de chiquilladas. Es solemne tener casi catorce años, Marilla. La señorita Stacy nos llevó a todas las niñas entre trece y diecinueve años de paseo junto al arroyo el miércoles pasado y nos habló de eso. Dijo que debíamos ser muy cuidadosas con los hábitos que adquiramos durante esta edad, porque cuando lleguemos a los veinte nuestro carácter estará desarrollado y echados los cimientos para toda la vida futura. Y añadió que si los cimientos temblaban, nunca podríamos construir encima nada de valor. Diana y yo discutimos el asunto al regreso del colegio. Nos sentimos extremadamente solemnes, aprendiendo cuanto podemos y siendo tan sensatas como sea posible para que, al llegar a los veinte, nuestros caracteres estén correctamente formados. Es aterrador tener veinte años, Marilla. ¡Suena tan viejo! Pero, ¿por qué estuvo aquí la señorita Stacy esta tarde?.
- Eso es lo que quiero decirte, Ana, si me dejas meter baza. Me estuvo hablando de ti.
- ¿De mí? – Ana pareció algo asustada.
Luego enrojeció y exclamó: