Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes - Oh, ya sé. Tenía pensado decírselo, Marilla, de verdad, pero me olvidé. La señorita Stacy me cogió leyendo Ben Hur en clase ayer tarde, cuando debería haber estado estudiando historia de Canadá. Jane Andrews me lo prestó. Lo leía al mediodía y acababa de llegar a la carrera de cuadrigas cuando regresamos a clase. Me moría por saber cómo terminaba, aunque estaba segura de que Ben Hur ganaría, porque no habría justicia poética si no; de manera que abrí el libro de historia sobre el pupitre y coloqué Ben Hur debajo, sobre mis rodillas. Parecía que todo el tiempo estaba estudiando historia, cuando en realidad estaba sumergida en Ben Hur. Tan interesada estaba, que no noté que la señorita Stacy venía por el pasillo hasta que alcé la vista y la vi mirándome con ojos llenos de reproche. No puedo decirle cuán avergonzada me sentí, Marilla, especialmente cuando oí la risa sofocada de Josie Pye. La señorita Stacy se llevó Ben Hur, pero no dijo nada. Me llamó durante el recreo y me habló. Dijo que había estado mal por dos razones. Primero, por gastar el tiempo dedicado a estudiar y segundo por tratar de engañar a mi maestra. Hasta ese momento no había comprendido que lo que hacía era un engaño. Me sorprendió. Lloré amargamente y le pedí a la señorita Stacy que me perdonara y le dije que nunca lo volvería a hacer. Ofrecí como penitencia no leer Ben Hur en toda una semana, ni siquiera para ver cómo terminaba la carrera de cuadrigas. Pero la señorita Stacy dijo que no era necesario, que me perdonaba. De manera que pienso que no estuvo bien de su parte venir a verla.