Ana de las Tejas Verdes

Ana de las Tejas Verdes

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- La señorita Stacy ni siquiera mencionó el episodio, Ana, y lo único que te tiene a mal traer es tu conciencia culpable. No debes llevar novelas al colegio. Estás leyendo demasiadas últimamente. Cuando yo era niña ni siquiera me permitían mirar las tapas de una.

- Oh, ¿cómo puede llamar novela a Ben Hur, cuando es un libro tan religioso? – protestó Ana –. Desde luego que es casi demasiado excitante para leerlo los domingos, pero yo lo leo sólo entre semana. Y nunca leo libro alguno a menos que la señorita Stacy o la señora Allan lo juzguen conveniente para una niña de trece años y tres cuartos. La señorita Stacy me lo hizo prometer. Una vez me encontró leyendo un libro titulado El espeluznante misterio de la habitación embrujada. Me lo había prestado Ruby Gillis, ¡y era tan fascinante y pavoroso, Marilla! Helaba la sangre en las venas. Pero la señorita Stacy dijo que era muy vulgar y me pidió que no lo leyera más, ni tampoco libros parecidos. No tuve inconveniente en hacerlo, pero era dolorosísimo devolverlo sin saber cómo terminaba. Mas mi cariño por la señorita Stacy pasó la prueba. Es realmente maravilloso, Marilla, cuánto se puede hacer cuando se está deseoso de complacer a una persona.

- Bueno, creo que encenderé la lámpara y me pondré a trabajar – dijo Marilla –. Veo claramente que no quieres oír lo que dijo la señorita Stacy. Estás más interesada en el sonido de tus propias palabras.


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