Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes - ¡Vaya, Ana, cómo has crecido! – exclamó, casi incrédulamente. Un suspiro acompañó estas palabras. Marilla sentÃa una extraña pena ante la estatura de Ana. La niña que ella habÃa aprendido a amar se habÃa desvanecido y en su lugar estaba esta alta muchacha de quince años, de mirada seria, semblante pensativo y cabecita orgullosa.
Marilla amaba a la jovencita mucho más de lo que habÃa amado a la niña, pero tenÃa conciencia de una extraña y triste sensación de pérdida. Y aquella noche, cuando Ana se hubo ido con Diana a la reunión de la iglesia, Marilla, sentada sola en medio del crepúsculo invernal, se permitió la debilidad de llorar. Matthew, que llegaba con un farol, la sorprendió, y se quedó mirándola con tal consternación, que Marilla tuvo que reÃr en medio de sus lágrimas.
- Estaba pensando en Ana – explicó –. Se está haciendo mayor, y probablemente el invierno que viene estará separada de nosotros. La echaré mucho de menos.
- Podrá venir a casa a menudo – la consoló Matthew, para quien Ana siempre serÃa la pequeña y ansiosa criatura que trajera de Bright River aquel atardecer de junio hacÃa cuatro años –. El ramal del ferrocarril llegará hasta Carmody para entonces.