Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes - No será lo mismo que tenerla aquà todo el tiempo – suspiró Marilla, lúgubremente determinada a sufrir sin consuelo alguno –. ¡Pero, claro, los hombres no pueden entender estas cosas!.
HabÃa otros cambios en Ana, no menos reales que los fÃsicos. Para empezar, se habÃa vuelto mucho más tranquila; quizá pensara más que nunca y soñara tanto como antes, pero lo cierto era que hablaba menos. Marilla lo notó y también lo comentó.
- Hablas la mitad de lo que acostumbrabas antes, Ana, y apenas usas palabras importantes.
¿Qué te ha ocurrido?.
Ana se sonrojó y rió brevemente, mientras abandonaba su libro y miraba soñadoramente por la ventana, donde rojos y grandes capullos reventaban sobre la enredadera como respuesta al reclamo del sol de primavera.