Ana de las Tejas Verdes

Ana de las Tejas Verdes

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- Esta tarde bajé al cementerio a plantar un rosal en la tumba de Matthew – dijo Ana soñadoramente –. Corté un esqueje del rosal blanco que su madre trajo de Escocia hace mucho tiempo; eran las rosas que más le gustaban a Matthew. ¡Tan pequeñas y dulces con sus espinosos tallos! Me sentí alegre al poder plantar el rosal sobre su tumba, como si estuviera haciendo algo que le gustaba. Espero que tenga rosas así en el cielo. Quizá estén allí las almas de todas esas rositas que él amó durante tantos veranos. Debo irme a casa. Marilla está sola y se siente muy triste al anochecer.

- Me temo que estará más triste aún cuando tú te vayas al colegio – dijo la señora Allan.

Ana no respondió; se despidió y volvió lentamente a “Tejas Verdes”. Marilla estaba sentada en los escalones de la puerta del frente, y Ana tomó asiento junto a ella. La puerta se encontraba abierta, mantenida por una gran concha marina cuyas suaves circunvoluciones internas recordaban el rosado de los atardeceres. Ana recogió unas madreselvas y se las puso en el cabello. Le gustaba la deliciosa fragancia que la envolvía como una bendición cada vez que se movía.


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