Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes - Vino el doctor Spencer mientras tú no estabas – dijo Marilla –. Dijo que el especialista estará mañana en la ciudad e insistió en que debo ir a hacerme examinar los ojos. Creo que será mejor que lo haga. Le estaré más que agradecida si puede darme los anteojos que convengan a mis ojos. No te importarÃa quedarte sola, ¿verdad? Martin tendrá que llevarme y hay que planchar y hacer pan.
- Estaré bien. Diana vendrá a hacerme compañÃa. Me encargaré de planchar y de hornear; no tiene que preocuparse de que le almidone los pañuelos o sazone con linimento.
Marilla rió.
- Eras especial para meter la pata en aquellos tiempos, Ana. Siempre te estabas metiendo en camisa de once varas. Yo pensaba que estabas posesa. ¿Recuerdas cuando te teñiste el pelo?.
- Ya lo creo. Nunca lo olvidaré – sonrió Ana, tocándose la pesada trenza, que estaba enrollada alrededor de su bien formada cabeza –. A veces todavÃa me rÃo un poco cuando recuerdo lo que me preocupaba mi cabello. Pero no me rÃo mucho, porque era verdaderamente una gran preocupación. Sufrà terriblemente por mi cabello y mis pecas.