Ana de las Tejas Verdes

El horizonte de Ana se había cerrado desde la noche en que se sentó allí a su regreso de la Academia; pero si la senda ante sus pies había de ser estrecha, sabía que las flores de la tranquila felicidad la bordearían. La alegría del trabajo sincero, de la aspiración digna y de la amistad sería suya; nada podía apartarla de su derecho a la fantasía o del mundo ideal de sus sueños. ¡Y siempre estaba el recodo del camino!.

- “Gloria a Dios en las Alturas, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” –

murmuró suavemente Ana.

FIN







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