Ana de las Tejas Verdes

Ana de las Tejas Verdes

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¿no era hermoso? ¿No era un lugar maravilloso? Supongamos que no fuera a quedarse realmente. Podría imaginar que sí. En este lugar había campo para la imaginación.

Fuera crecía un enorme cerezo, tan cercano que sus ramas daban contra la casa y tan cargado de flores, que apenas sí se veía una hoja. A ambos lados de la casa había una plantación de manzanos y otra de cerezos, también cubiertos de flores, y la hierba estaba salpicada de dientes de león. Desde el jardín, las lilas púrpuras alzaban su mareante y dulce fragancia hasta la ventana.

Más allá del jardín, un campo arado y plantado con ajos descendía hasta la hondonada donde corría el arroyo y donde crecían filas de blancos abedules, surgiendo gallardamente de un suelo que sugería deliciosos helechos, musgos y otras muestras de vegetación. Más a lo lejos, había una colina, verde y emplumada por pinos y abetos, donde, en un hueco, estaba el grisáceo tejado de la casita que viera desde el otro lado del Lago de las Aguas Refulgentes.

Lejos, a la izquierda, se hallaban los grandes establos y más allá de los verdes campos descendentes, se veía el chispeante azul del mar.


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