Ana de las Tejas Verdes

Ana de las Tejas Verdes

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Los ojos de Ana, amantes de la belleza, vagaron por todo aquello, contemplándolo ávidamente; la pobre criatura había visto muchos lugares feos en su vida, y aquello era más hermoso de lo que pudiera soñar.

Permaneció arrodillada, perdida para todo excepto para aquella belleza, hasta que una mano que se posó en su hombro la devolvió a la realidad. Marilla había entrado sin ser oída por las pequeña soñadora.

- Es hora de que te vistas – dijo severamente.

En realidad, Marilla no sabía cómo hablarle a la niña y su incómoda ignorancia la hacía seca e hiriente, cuando en realidad no quería serlo.

Ana se puso en pie, aspirando profundamente.

- ¿No es hermoso? – dijo, abarcando con un movimiento de la mano el mundo exterior.

- Es un gran árbol – dijo Marilla –, tiene muchas flores, pero la fruta nunca es abundante, es pequeña y agusanada.

- Oh, no me refería sólo al árbol; desde luego que es hermoso, sí, es radiantemente hermoso; sino a todo, el jardín, la plantación, el arroyo, los bosques, todo el gran mundo querido. ¿No siente usted en una mañana como ésta como si quisiera a todo el mundo?

Y yo puedo escuchar reír al arroyo. ¿Se ha parado a pensar lo alegres que son los arroyos? Siempre se están riendo. Incluso en invierno los he escuchado bajo el hielo.


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