Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes Estoy muy contenta que haya un arroyo cerca de “Tejas Verdes”. Quizá usted piense que no me importa mucho que ustedes no se queden conmigo, pero no es así. Siempre me gustará recordar que había un arroyo cerca de esta casa, aunque nunca la vuelva a ver. Si no hubiera un arroyo, me perseguiría la incómoda sensación de que debería haberlo. Esta mañana no estoy sepultada en el abismo de la desesperación. Nunca me puedo encontrar así por las mañanas. ¿No es fantástico que haya mañanas? Pero me 17
siento muy triste. He estado imaginando que yo era realmente lo que ustedes querían y que iba a quedarme para siempre. Pero lo peor de imaginar cosas es que llega un momento en que uno debe detenerse y entonces duele.
- Será mejor que te vistas y no te ocupes de tu imaginación – dijo Marilla tan pronto como pudo meter baza –. El desayuno espera. Lávate la cara y péinate. Deja la ventana levantada y dobla las mantas. Sé tan pulcra como puedas.
Ana podía serlo cuando se lo proponía, pues bajó a los diez minutos con las ropas compuestas, el cabello cepillado y peinado, la cara lavada y una reconfortante seguridad en el alma de haber cumplido con las instrucciones de Marilla. Sin embargo, había olvidado doblar las mantas.