Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes - Oh, me gustan las cosas que tienen nombres propios, aunque sean nada más que geranios. Les hace parecer a los seres humanos. ¿Cómo sabe usted que no hiere los sentimientos de un geranio el que lo llamen geranio y nada más? A usted no le agradarÃa que la llamaran nada más que mujer durante todo el tiempo. SÃ, lo llamaré Bonny. Esta mañana bauticé al cerezo que está frente a la ventana de mi dormitorio. Le puse Reina de las Nieves porque estaba tan blanco... Desde luego que no estará siempre en flor, pero uno puede imaginarse que sÃ, ¿no es cierto?.
- En mi vida he visto u oÃdo a nadie como ella – murmuró Marilla, batiéndose en retirada, bajando al sótano a buscar patatas –. Es interesante, como dice Matthew. Ya siento que estoy pensando qué dirÃa. Me está hechizando a mà también. Ya lo hizo con Matthew.
La mirada que me ha echado repitió todo cuanto me dijo o sugirió anoche. Quisiera que fuese como el resto de los hombres y dijera cosas. PodrÃa contestarle y discutirle hasta hacerle entrar en razón. Pero, ¿qué se le puede hacer a un hombre que sólo mira?.
Cuando Marilla regresó de su peregrinaje, Ana estaba absorta con las manos bajo la barbilla.
Allà la dejó Marilla hasta que el almuerzo estuvo servido.
- Matthew, supongo que podré disponer esta tarde del coche y de la yegua – dijo Marilla.