Ana de las Tejas Verdes
Ana de las Tejas Verdes Sólo conocía de vista a la señora de Peter Blewett; de baja estatura, cara de pocos amigos y ni un gramo de carne superflua sobre los huesos. Pero había tenido noticias de ella. “Gran trabajadora y dirigente”, se decía de la señora Blewett, y las sirvientas despedidas contaban horripilantes historias de su carácter y su mezquindad, y de sus hijos malcriados y pendencieros. Marilla sentía un escrúpulo de conciencia ante el pensamiento de entregar a Ana a sus tiernas mercedes.
- Bueno, entraré y hablaremos sobre el asunto.
- ¡Mire! ¿No es la señora Blewet la que viene por el sendero en este mismo instante? –
exclamó la señora Spencer, haciendo cruzar a sus huéspedes el vestíbulo para entrar en el comedor, donde las recibió un frío glacial, como si el aire hubiera perdido hasta la última partícula de calor al cruzar las cerradas cortinas verdes –. Es una verdadera suerte pues así podemos arreglar el asunto inmediatamente. Siéntese en el sillón, señorita Cuthbert.
Ana, siéntate aquí y no te muevas. Denme sus sombreros. Flora Jane, ve a poner el agua a hervir. Buenas tardes, señora Blewett, estábamos diciendo que es verdaderamente una suerte que usted viniera. Permítame que les presente: la señora Blewett, la señora Cuthbert. Perdónenme un momento: olvidé decirle a Flora Jane que saque los bollos del horno.