Ana la de Alamos Ventosos

Ana la de Alamos Ventosos

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—Oh, Ana, está de pésimo humor. Esta mañana parecía muy tranquilo y nos hicimos ilusiones. Pero Hugh Pringle le ganó una partida de damas esta tarde y papá no soporta perder a las damas. Y tenía que suceder hoy, por supuesto. Encontró a Esme «admirándose en el espejo», como dijo él, y la echó del cuarto y cerró la puerta. La pobre criatura sólo estaba preguntándose si estaría lo suficientemente guapa para agradar a Lennox Carter, doctor en Filosofía. Ni siquiera se pudo poner su collar de perlas. Y mírame a mí: no me atreví a rizarme el pelo, pues a papá no le gustan los rizos que no son naturales, y estoy espantosa. No es que tenga importancia, pero ya ves. Papá tiró las flores que mamá había puesto en el florero del comedor, y a ella le dolió muchísimo… se había tomado tanto trabajo con las flores. Y papá no la dejó ponerse sus aros de granate. No ha tenido un arrebato así desde que llegó de un viaje al Oeste la primavera pasada, y descubrió que mamá había puesto cortinas rojas en la sala, cuando él las prefería moradas. Oh, Ana, por favor, habla todo lo que puedas durante la cena, si él no lo hace. De lo contrario… será horrible.





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