Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos La pequeña Elizabeth y yo salimos de paseo dos veces por semana. La señora Campbell ha dado su consentimiento, pero no debe ser con más frecuencia y nunca los domingos. Las cosas mejoran para la pequeña Elizabeth en la primavera. Entra un poco de sol en esa vieja casa sombría y por fuera hasta parece hermosa por las sombras danzantes de las copas de los árboles. De todas formas, a Elizabeth le gusta escapar cuando puede. De vez en cuando, vamos hasta el pueblo para que pueda ver los escaparates iluminados. Pero casi siempre tomamos por el «camino que lleva al fin del mundo» y doblamos las curvas con aire aventurero y expectante, como si fuéramos a encontrarnos con el Mañana; en la distancia, las colinas verdes se acurrucan juntas en el crepúsculo. Una de las cosas que Elizabeth va a hacer en Mañana es «ir a Filadelfia a ver el ángel en la iglesia». No le he dicho (ni le diré nunca) que la Filadelfia sobre la que escribía San Juan no era la Filadelfia del estado de Pennsylvania. Ya perdemos las ilusiones bastante pronto. Y de todas maneras, si pudiéramos meternos en el Mañana, ¿quién sabe qué encontraríamos? Ángeles por todas partes, tal vez.