Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos Cuatro muchachas en bata salieron al pasillo. La tÃa Sabueso se acercaba, seguida por el doctor Nelson, con bata y pantuflas. La señora Nelson, que no encontraba su bata, asomaba un rostro aterrado por la puerta.
—Ay, Samuel, no corras riesgos… Si son ladrones, podrÃan disparar.
—¡TonterÃas! Estoy seguro de que no hay nada —replicó el doctor.
—Te estoy diciendo que oà un golpe —insistió la tÃa Sabueso.
Un par de muchachos se unió al grupo. Bajaron sigilosamente la escalera con el doctor delante y la tÃa Sabueso, vela en mano y atizador en la otra, cerrando la retaguardia.
Era indudable que de la biblioteca provenÃan ruidos. El doctor abrió la puerta y entró.
Barnabas, que se las habÃa arreglado para esconderse en la biblioteca cuando se habÃan llevado a Saul al granero, estaba sentado en el respaldo del sofá Chesterfield, parpadeando, divertido. Nora y un joven estaban de pie en medio de la habitación, iluminada apenas por una vela parpadeante. El joven rodeaba el cuerpo de Nora con un brazo y le apoyaba un gran pañuelo blanco en la cara.
—¡Le está aplicando cloroformo! —chilló la tÃa Sabueso, y dejó caer el atizador con gran estruendo.