Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos —Y ahora Nora dice que no me envió la señal, de manera que los libraré de mi molesta presencia, con disculpas hacia todos los involucrados.
—Es realmente una pena que te hayas molestado en cruzar la bahÃa por nada —dijo Nora en tono gélido, mientras trataba de encontrar un trozo limpio de pañuelo.
—SÃ, es una lástima —dijo el doctor, mirando fijamente a su hija.
—Prueba pasándote una llave por la espalda —sugirió la tÃa Sabueso.
—Fui yo la que puso el farol en la ventana —confesó Ana, avergonzada—. Y después lo olvidé por completo.
—¡Tú! —exclamó Nora—. ¡No te lo perdonaré nunca!
—¿Se han vuelto todos locos? —quiso saber el doctor, fastidiado—. ¿Qué es todo este asunto, de todos modos? Por el amor de Dios, Jim, cierra esa ventana… Sopla un viento frÃo que cala hasta los huesos. Nora, echa la cabeza hacia atrás y la nariz dejará de sangrar.
Nora derramaba lágrimas de furia y vergüenza. Mezcladas con la sangre que le manchaba la cara, le conferÃan un aspecto aterrador. Jim Wilcox parecÃa estar deseando que se abriera el piso y lo dejara caer al sótano.