Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos —¡Claro! ¡Claro que sÃ! —exclamó Nora, tan desvergonzadamente, que hasta Barnabas se sonrojó por ella.
Jim le dirigió una mirada incrédula… y se abalanzó hacia ella. Tal vez la nariz hubiera dejado de sangrar, tal vez no. De todos modos, no importaba.
—Me parece que han olvidado que es la mañana del domingo —dijo la tÃa Sabueso, que acababa de recordarlo—. Me vendrÃa bien una taza de té, si alguien quisiera prepararla. No estoy acostumbrada a demostraciones de esta naturaleza. Lo único que espero es que la pobre Nora lo haya atrapado, por fin. Por lo menos, tiene testigos.
Se dirigieron a la cocina, y la señora Nelson se dispuso a preparar té para todos… menos para Jim y Nora, que permanecieron encerrados en la biblioteca vigilados por Barnabas. Ana no volvió a ver a Nora hasta bien entrada la mañana… una Nora diferente, diez años más joven, sonrosada de felicidad.
—Todo te lo debo a ti, Ana. Si no hubieras puesto la luz… ¡aunque anoche, durante dos minutos y medio, te hubiera comido las orejas!
—Y pensar que no me desperté y me perdà todo —se lamentó Tommy Nelson, desconsolado.
Pero la última palabra la tuvo la tÃa Sabueso.
—Bien, espero que no sea un caso de boda apresurada y arrepentimiento lento.