Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos —¿Adónde lleva este camino Dawlish? —preguntó Lewis con sentido práctico, aunque en ese mismo momento pensaba que la voz de la señorita Shirley siempre le hacÃa pensar en la primavera.
—PodrÃa ser una horrible maestra ciruela, Lewis, y decirte que no lleva a ningún lado… que se queda aquà mismo. Pero no lo haré. ¿A quién le importa adónde lleva o hacia adónde va? Al fin del mundo y vuelta, tal vez. Recuerda lo que dice Emerson: «Ay, qué debo hacer con el tiempo». Ése será nuestro lema de hoy. Supongo que el universo seguirá su curso, si lo dejamos en paz por un rato. Mira esas sombras de nubes… y esa tranquilidad de valles verdes… y esa casa con un manzano en cada una de las esquinas. ImagÃnala en primavera. Éste es uno de los dÃas en que las personas se sienten vivas y cada viento del mundo es un hermano. Me alegra que haya tantos helechos aromáticos a lo largo del camino, con brillantes telarañas encima. Me recuerda los dÃas cuando fingÃa… o creÃa… realmente pienso que lo creÃa… que las telarañas relucientes eran los manteles de las hadas.
Encontraron un manantial a la vera del camino, en una hondonada dorada, y se sentaron sobre un musgo que parecÃa hecho de diminutos helechos, a beber de un tazón que Lewis hizo con corteza de abedul.