Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos —No se conoce la verdadera emoción de beber hasta que se está muerto de sed y se encuentra agua. Aquel verano que trabajé en el Oeste, en las vÃas de ferrocarril que estaban construyendo, me perdà en el campo un dÃa de mucho calor y vagué durante horas. Creà que morirÃa de sed y de pronto llegué a la choza de un colono y encontré un manantial como éste entre unos sauces. ¡Cómo bebÃ! Desde entonces, me ha sido más fácil comprender la Biblia y su amor por las aguas buenas.
—Vamos a recibir agua de otro lado —dijo Ana, nerviosa—. Está por caer un chaparrón y… Lewis, me encantan los chaparrones, pero tengo puesto mi mejor sombrero y mi segundo mejor vestido. Y no hay una casa a menos de un kilómetro de distancia.
—Hay una vieja fragua de herrero abandonada, por allà —respondió Lewis—, pero tendremos que correr.