Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos Corrieron y desde el refugio disfrutaron del chaparrón como habÃan disfrutado de todo lo demás en aquella tarde gitana y despreocupada. Un silencio velado habÃa caÃdo sobre el mundo. Las brisas que habÃan susurrado y revoloteado con tantos aires de importancia por el camino Dawlish, habÃan plegado sus alas y se habÃan quedado calladas e inmóviles. Ni una hoja se movÃa, ni una sombra se agitaba. Las hojas de los arces, en la curva del camino, mostraban el lado del revés, haciendo que los árboles parecieran pálidos de miedo. Una enorme sombra fresca parecÃa tragárselos como una ola verde… la nube los habÃa alcanzado. Llegó la lluvia, con un remolino de viento. El chaparrón repiqueteó sobre las hojas, bailó por el humeante camino rojo y golpeó alegremente el techo de la vieja fragua.
—Si dura mucho… —dijo Lewis.
Pero no duró. Asà como llegó, pasó, y el sol brilló otra vez sobre los árboles mojados, relucientes. Aparecieron resplandecientes trozos de cielo azul entre las desgarradas nubes blancas. En la lontananza podÃan ver una colina todavÃa borrosa de lluvia, pero debajo de ellos, la hondonada del valle parecÃa rebosar de niebla color melocotón. Los bosques de los alrededores tenÃan un brillo primaveral; un pájaro comenzó a cantar sobre el gran arce cercano a la fragua, como si realmente creyera que era primavera, tan fresco y dulce parecÃa el mundo de pronto.