Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos —Exploremos esto —dijo Ana, cuando reanudaron la caminata.
Se detuvieron ante una senda secundaria que corrĂa entre dos antiguas cercas tapadas por arbustos.
—No creo que viva nadie por allà —vaciló Lewis—. Debe de ser solamente una senda que lleva al puerto.
—No importa. Recorrámosla. Siempre tuve debilidad por los caminos secundarios… algo que se desvĂa del recorrido habitual, perdido, verde y solitario. Huele la hierba mojada, Lewis. Además, mis huesos me dicen que hay una casa por allĂ, una casa especial… y muy «fotogĂ©nica».
Los huesos de Ana no la engañaban. Pronto llegaron a una casa… digna de ser fotografiada, además. Era una casa pintoresca, antigua, de aleros bajos, con ventanas cuadradas de vidrios pequeños. Grandes sauces extendĂan brazos patriarcales sobre ella, y una aparente selva de arbustos y plantas perennes se apretujaba a su alrededor. Estaba oscurecida por el tiempo y destartalada, pero los grandes graneros que habĂa detrás estaban arreglados y tenĂan aspecto prĂłspero, modernos en todos los aspectos.