Ana la de Alamos Ventosos

Ana la de Alamos Ventosos

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—No creo que la tenga, pues lo hubiera civilizado un poco —dijo Ana, tratando de recuperar la compostura—. Ojalá tuviera que lidiar con Rebecca Dew. Pero sacamos la fotografía y presiento que obtendrá el premio. ¡Diantre! Me entró una piedrecita en el zapato; voy a sentarme en el dique de piedra de nuestro caballero, con su permiso o sin él, para quitármela.

—Por suerte estamos fuera de vista de la casa —dijo Lewis.

Ana acababa de volverse a atar el cordón cuando oyeron un ruido en la jungla de arbustos a la derecha. Apareció un niñito de unos ocho años, que se quedó observándolos con timidez; entre sus manos regordetas, sostenía con fuerza un pastel de manzana. Era un niño muy guapo, con brillantes rizos oscuros, grandes y confiados ojos castaños y facciones delicadamente modeladas. Tenía un aire refinado, a pesar del hecho de que tenía la cabeza descubierta y vestía una gastada camisa de algodón azul y un par de deshilachados pantalones hasta las rodillas. Parecía un principito disfrazado.

Detrás de él, había un gran perro negro de Newfoundland, cuya cabeza llegaba casi al hombro del muchachito.

—Hola, hijito —lo saludó Lewis—. ¿De dónde has salido?

El niño se acercó, sonriendo, y extendió la mano con el pastel.


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