Ana la de Alamos Ventosos

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—Esto es para ustedes —dijo tímidamente—. Papá lo hizo para mí, pero prefiero dárselo a ustedes. Tengo alimentos de sobra.

Lewis, sin demasiado tino, se disponía a rechazar el pastel del niño, cuando recibió un codazo de Ana. Captando la insinuación, lo aceptó solemnemente y se lo entregó a Ana, que con la misma solemnidad, lo partió en dos y le dio la mitad. Sabían que debían comerlo y dudaban de las habilidades culinarias de «papá», pero el primer bocado los tranquilizó. Papá podía no ser muy amable, pero sabía hacer pasteles.

—Está delicioso —dijo Ana—. ¿Cómo te llamas, tesoro?

—Teddy Armstrong —respondió el pequeño benefactor—. Pero papá siempre me llama Muchachito. Soy lo único que tiene, saben. Papá me quiere mucho y yo le quiero mucho a él. Sé que piensan que mi papá es muy descortés porque les dio con la puerta en las narices, pero no fue su intención ofenderlos. Oí que pedían algo para comer.

«No, pero no importa», pensó Ana.

—Estaba en el jardín, detrás de las plantas, así que pensé en traerles mi pastel porque siempre siento mucha pena por los pobres que no tienen suficiente comida. Mi papá es un excelente cocinero. Tendrían que ver los budines de arroz que prepara.


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