Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos —¿Te gustarÃa que te tomásemos una fotografÃa? —preguntó Ana, sintiendo que no serÃa correcto ofrecer dinero a ese corazón generoso—. Si quieres, Lewis puede hacértela.
—¡Pues claro! —exclamó el niño, encantado—. ¿Con Carlo, también?
—Desde luego, con Carlo también.
Ana los hizo posar delante de unos arbustos; el niño tenÃa un brazo alrededor del cuello de su peludo compañero; ambos parecÃan muy contentos. Lewis tomó la fotografÃa con la última placa.
—Si sale bien, te la enviaré por correo —prometió—. ¿Qué dirección tendré que poner?
—Teddy Armstrong, a cuidado del señor James Armstrong, Glencove Road —dijo el Muchachito—. ¡Qué divertido será recibir algo por el correo! Me siento muy orgulloso. No le diré nada a papá y le daré una estupenda sorpresa.
—De acuerdo. Recibirás el paquete dentro de dos o tres semanas —dijo Lewis, mientras se despedÃan.
Ana se inclinó de pronto y besó la carita bronceada. HabÃa algo en él que le tironeaba el corazón. Era tan dulce, tan valiente… ¡tan desamparado sin su madre!