Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos »Debo ir partiendo, porque me temo que oscurecerá antes de que llegue a casa. No quiero mojarme los pies; le tengo mucho miedo a la neumonÃa. He tenido algo que me baja desde el brazo hasta las piernas todo el invierno. Noche tras noche me he quedado despierta a causa de eso. Ah, nadie sabe por lo que he pasado, pero no soy una de esas personas que se queja. Estaba decidida a venir a verlas, pues puede que la próxima primavera ya no me encuentre aquÃ. Pero ustedes dos están muy avejentadas, de modo que es posible que se vayan antes que yo. Bueno, es mejor irse cuando todavÃa queda alguien de la familia para sepultarnos.
»¡Cielos, qué viento se ha levantado! Temo que si se convierte en temporal, se nos volará el techo del granero. Hemos tenido mucho viento esta primavera; me temo que el tiempo está cambiando. Gracias, señorita Shirley… —dijo a Ana, que la ayudaba a ponerse el abrigo—. CuÃdese. Tiene aspecto muy descolorido. Me temo que los pelirrojos nunca tienen buena salud.
—Mi salud está muy bien —sonrió Ana, y le entregó a la prima Ernestina un indescriptible sombrero con una deshilachada pluma de avestruz colgando de la parte de atrás—. Me duele un poco la garganta, esta noche, nada más, señorita Bugle.